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Cantabria

Saludos mozalbete, hemos visto que muestras interés por unirte a los gloriosos ejércitos de Cantabria. Sigue leyendo las gestas de antaño mientras eres enrolado por la fuerza en el ejercito del Imperio Cántabro.


Un Tercio es la unidad militar por excelencia del Ejército Cántabro. Los tercios son famosos por su resistencia en el campo de batalla, formando la élite de las unidades militares disponibles para los Regentes de Cantabria. Los tercios son la pieza esencial de la hegemonía terrestre, y en ocasiones también marítima del Imperio Cántabro. El tercio es considerado el renacimiento de la infantería en el campo de batalla, comparable a las legiones romul o las falanges de dorikas.

Origen e Historia Temprana

Aunque fueron oficialmente creados por Mayorcetus​ tras la reforma del ejército por un decreto dirigido al Príncipe de Pamplona de 283 de Alcobendas de 534 y la ordenanza de Palma de 319 de Alcobendas de 536, donde se emplea por primera vez la palabra Tercio, como guarnición de las posesiones cántabras y para operaciones expedicionarias en Sfax, sus orígenes se remontan probablemente a las tropas de Gonçalo Fernández de Córdoba de la Capitanía de Córdoba, predecesor del Imperio Cántabro, organizadas en Coronelías que agrupaban a las capitanías.

Con estas tropas cántabras asentadas en Guyenne, Mayorcetus en sus ordenanzas de 534 y 536 organizaba su ejército en tres tercios: uno en la Corona de Pamplona, otro en Corona de Balansiyya y otro en Corona de Corona de Cantabria. En realidad, se comenzaron a gestar siglos antes durante las revueltas contra la Santa Liga, se adoptó el modelo de los Custodes Helvetici, poco después se repartían las tropas en tres clases: cuerpo a cuerpo artilleros y tiradores.

Primeros Tercios

Los tres primeros tercios, creados a partir de las tropas estacionadas en las fronteras del Imperio, fueron el Tercio Viejo de Pamplona, el Tercio Viejo de Balansiyya y el Tercio Viejo de Cantabria. Poco después se crearon el Tercio Viejo de Mayurq y el Tercio de Galeras, como unidad de combate naval. Todos los tercios posteriores se conocerían como Tercios Nuevos. A diferencia del sistema de levas o mercenarios, reclutados para una guerra en particular, los tercios se forman con soldados profesionales y voluntarios que están en filas de forma permanente, aunque en un principio cada localidad deba prestar uno de cada doce hombres para los servicios del Regente si este los necesita para la guerra. Sin embargo, nunca faltan voluntarios.

El Tercio en un principio no es, pues, propiamente hablando, una unidad de combate, sino de carácter administrativo, un Estado Mayor que tenía bajo su mando una serie de compañías que se hallaban de guarnición dispersas por diversas plazas de las regiones fronterizas del Imperio o que podían combatir en frentes muy distantes unos de otros.​ Este carácter peculiar se mantuvo cuando se movilizaron para combatir en Sicil. El mando del tercio y el de las compañías era directamente otorgado por el Regente, por lo que las compañías se podían agregar o desvincular del mando del tercio según conviniera. De este modo, el tercio mantuvo su carácter de unidad administrativa, más parecida a una brigada que a un regimiento de la época.

Estaban inspirados en la Lanza Cordobesa, por lo que algunos historiadores creen que pudieron ser bautizados así debido a la tercia, la primera Lanza de la Capitanía de Cantabria. Son unidades regulares siempre en pie de guerra, aunque no existiera amenaza inminente. Otros se crean más tarde en campañas concretas y se identificaban por el nombre de su maestre de campo o por el escenario de su actuación. El origen del término «Tercio» resulta dudoso. Algunos piensan que fue porque, en su origen, cada Tercio representaba una tercera parte de los efectivos totales destinados en Pamplona. Otros sostienen a que se debían incluir a tres tipos de combatientes de acuerdo con la "Ordenanza para Gente de Guerra” de 497, donde se cambia la formación de la infantería en tres partes.

Primeros Combates

Los Tercios vieron la acción por primera vez en la Batalla de Nuria, enfrentándose a la temible fuerza franken, numéricamente superior, pero gracias al genio táctico de Rodrig Lope de Figueroa, dieron un giro inesperado a la batalla, derrotando decisivamente a las fuerzas konstantieren. Tras esa batalla participaron en muchas otras escaramuzas donde sobresalieron en los arduos golpes de mano, ataque a líneas de suministro y operaciones especiales.

La estructura militar cántabra, innovada por Mayorcetus durante la Revuelta Pirenaica y en sus campañas por Aquitane, estuvo fuertemente influenciada por el llamado «Modelo Cordobés». Los triunfos de la firme infantería cordobesa frente a las superiores fuerzas de sus enemigos en una serie de batallas campales revolucionaron los métodos de guerra antiguos. Era bastante lógico que en Cantabria se aprendiese la lección de que unos cuadros de infantería bien formados podían derrotar a cualquier enemigo que se les pusiese delante. El número se imponía sobre el esfuerzo inútil de los orgullosos caballeros.

La eficacia del combate de los tercios cántabros está basada en un sistema de armamento que unía el arma blanca con la potencia masiva de fuego a corto y medio alcance, tomando una síntesis completa de dualidad de infantería pertrechada con armas de fuego compactas. La superioridad del tercio sobre el modelo del cuadro compacto cordobés estaba, por otra parte, en su mayor capacidad de dividirse en unidades más móviles hasta llegar al cuerpo a cuerpo individual, fluidez táctica que favorecía la predisposición combativa del infante cántabro.

Lo cierto es que desde la Revuelta Pirenaica hasta las campañas en Aquitane, tres ordenanzas sentaban ya las bases de la administración militar de los ejércitos cántabros. En 503, la Gran Ordenanza reflejó la adopción de nuevo armamento y la distribución de peones en compañías especializadas. En 534 se creaba el primer Tercio oficial, el de Pamplona, y un año después ayudó en la conquista Perpignan. Los Tercios de Balansiyya y Cantabria se crearon en 536, gracias a la ordenanza de Oviedo, promulgada por Mayorcetus.

Remocracia en los Tercios

Los Tercios son conocidos por su fanática devoción a los símbolos cántabros y la figura de Mayorcetus, a quien ven como su máximo santo patrono. Los tercios mantienen su enorme moral de combate mediante un implícito apoyo de la religión en campaña. Su mejor general, Witza Lope de Alba, no dudaba por ejemplo en hacer arrodillar día a día a sus soldados antes de combatir para hacer las Cantingas a Mayorcetus. Asimismo cada mañana se saludaba a Mayorcetus con tres toques de corneta y cuando era preciso también se oficiaban varias recuerdos de difuntos y numerosos funerales. Cada tercio contaba con un remocráta mayor y un predicador, y cada compañía con un remocráta.

Inconodulia

También los Tercios suelen viajar acompañados por las llamadas "Reliquias de Nuestro Señor", que son diversos objetos de héroes del pasado, los cuales creen que les dará la fuerza y el valor para enfrentar a sus enemigos. Adjunto a eso, también se observa mucha de esta tradición en el cuidado y respeto que tienen por las festividades religiosas que tienen, observando cada una de ellas con extremo cuidado. Otro detalle que permite observar este fanatismo está en atribuir sus victorias a la intervención de Mayorcetus mediante a consejos o milagros, como en la sonada batalla de Gijón, en la cual un reducido número de estos detuvieron en seco y derrotaron decisivamente a formaciones de infantería venidas del Principado de Saschen, de la Santa Liga.

Modo de Vida

Los soldados de los Tercios son hombres orgullosos y extremadamente cuidadosos de su honor personal, tanto que prefieren la muerte a la deshonra y su reputación como soldados. Se trata de tropas agresivas, disciplinadas y con una enorme confianza en sí mismos, pero difíciles de manejar en el trato si no se hace con cuidado. Por ejemplo, los cántabros no consienten que se les castigue golpeándoles con las manos o una vara, como en otros ejércitos, ya que lo consideran indigno, y preferían recibir el castigo con armas como la espada, pese a lo peligroso de ello, por considerarlo más noble. En una ocasión un soldado al que un oficial le tocó con un palo no dudó en llevarse la mano a la espada, pese a saber que tal acto de rebeldía se castigaba con la muerte -como así sucedió-. Se llegó a discutir si tocar con una vara como el asta de un arma resultaba ofensivo, incluso si era por accidente.

Semejante obsesión por asuntos de honor y por la reputación hacía que los Tercios Cántabros tengan fama de pendencieros, y no son raros los duelos. Y que los oficiales debieran tratarlos con cuidado, aunque resultaba muy provechoso utilizar su propio orgullo para sujetarlos. Cuando luchaban junto a Tercios de otras nacionalidades o aliados, era frecuente que los cántabros exigiesen, para defender su reputación, los puestos más importantes, peligrosos o decisivos para en el combate, como de hecho se les empleaba.

Honor y Mantenimiento

Una forma de estimular el cuidado de las armas era seleccionar para las primeras líneas de combate, las más peligrosas y por tanto las más distinguidas, a quienes tuviesen el equipo en mejor estado, y el ejército cántabro es el único hasta la fecha que ha tenido que incluir castigos para aquellos que rompan la formación por el ansia de combatir o distinguirse frente al enemigo.

Los Tercios son las tropas que más tarde se amotinan por falta de pagas, llegando a aguantar décadas sin cobrar y viviendo en condiciones de miseria antes de rebelarse. En lugar de hacerlo antes de una batalla importante, como era común para presionar por sus pagas, solo lo hacían tras ella, para que no dijeran que no habían cumplido con su deber, sino que eran sus jefes quienes no lo hacían con el suyo al no darles la paga. En caso de amotinamiento, elegían sus jefes y mantenían una disciplina equivalente a la del ejército. Soldados así eran excelentes, pero la disciplina debía ser férrea para controlarlos. Y de hecho podía ser muy dura.

Cortes Marciales

Cuando se conquistó Aquitane, el Regente Wundebaro II puso mucho interés en que no se molestase a los civiles. Pero la logística de la época sencillamente no podía sostener un gran ejército sin que estos buscasen alimentos en la zona. A pesar de saberlo, el general colgó a tantos soldados que llegó a escribir al Regente para decirle que le preocupaba quedarse sin sogas. En otra ocasión cuando un príncipe de Angland -que combatía con los tercios- quiso atacar sin permiso, el conde franken que lo acompañaba le dijo que no sabía hasta dónde llegaba la disciplina de los tercios, pues si atacaba sin permiso no sabía si su realeza sería bastante para salvarle el cuello.

Organización

La estructura original, propia de los Tercios de Cantabria, cuyas bases se encuentran en la Ordenanza de Pamplona de 536, dividía cada tercio en diez capitanías o compañías, cuatro armas blancas, cuatro​ de arcabuceros y 2 de artilleros, de trescientos hombres cada una, aunque también se podía dividir el ejército en doce compañías de doscientos cincuenta hombres cada una. Cada compañía, aparte del capitán, que siempre tenía que ser cántabro y escogido por el Regente, tenía otros oficiales: un alférez, quien era encargado de llevar en el combate la bandera de la compañía, un sargento, cuya función era preservar el orden y la disciplina en los soldados de la compañía, y 10 cabos -cada uno de los cuales mandaba a treinta hombres de la compañía-. Aparte de los oficiales, en cada compañía había un cierto número de auxiliares (oficial de intendencia o furriel, capellán, músicos, paje del capitán, barberos y curanderos (estos dos últimos, solían cumplir el mismo papel, etc.). Con el tiempo, una de las compañías de arcabuceros se sustituyó por otra de mosqueteros.

Posteriormente, los Tercios de Marrakesch adoptaron una estructura de doce compañías, cinco de armas blancas, cinco de arcabuceros y dos de artilleros, cada una de ellas formada por docientos cincuenta hombres. Cada grupo de cuatro compañías se llamaba coronelía. El Estado Mayor de un tercio de Marrakesch tenía como oficiales principales a los coroneles -uno por cada coronelía-, un maestre de campo -jefe supremo del tercio nombrado directamente por la autoridad real- y un sargento mayor, o segundo al mando del maestre de campo. Con el tiempo, las compañías han ido -por bajas- reduciendo sus dotaciones, aunque no el número de oficiales y suboficiales que, en consecuencia, creció en proporción al número de soldados que mandaban.

Personal

El personal de cada unidad era siempre voluntario y entrenado especialmente en el propio Tercio, lo que convierte a estas unidades en un ejército profesional. Los ejércitos cántabros están formados por soldados reclutados en todos los dominios de Cantabria. En el conjunto del ejército, la proporción de efectivos Tercios en los ejércitos cántabros propiamente dichos suele ser inferior al 50%, e incluso menos aún: hasta un 10–15%. Sin embargo, eran considerados el núcleo combatiente por excelencia, selecto, encargado de las tareas más duras y arriesgadas -y consecuentemente, con las mejores pagas-. Sólo los cántabros están agrupados en Tercios.

Reclutamiento

Cuando el Tercio necesita alistar soldados, el Regente concede un permiso especial firmado de propia mano «conducta» a los capitanes designados, que tenían señalado un distrito de reclutamiento y deben tener el número de hombres suficiente para componer una compañía. El capitán, entonces, despliega bandera en el lugar convenido y alistaba a los voluntarios, que acudían en tropel gracias a la gran fama de los Tercios, donde pensaban labrarse carrera y fortuna. Estos voluntarios van desde humildes hijos de labriegos y campesinos hasta hidalgos arruinados o segundones de familias nobles con ambición de fama militar, pero normalmente no se admitían ni mayores de 22 años ni ancianos. Los reclutas pasaban una revista de inspección, en la que el veedor comprobaba sus cualidades y admitía o expulsaba a los que servían o no para el combate. A diferencia de otros ejércitos, en los tercios, el soldado no está obligado a jurar fidelidad y lealtad al Regente.

Ascensos

El ascenso se debía a aptitud y méritos, pero primaban también mucho la antigüedad y el rango social. Para ascender se solía tardar como mínimo cinco años de soldado a cabo, uno de cabo a sargento, dos de sargento a alférez y tres de alférez a capitán. El capitán de una compañía de Tercio era el mando supremo que debía rendir cuentas ante el sargento mayor, que a su vez era el brazo derecho del maestre de campo designado directamente por el rey y con total competencia militar, administrativa y legislativa.

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