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La lluvia caía a raudales repiqueteando en su dorada armadura; un rayo seguido por otros muchos hizo que su coraza resplandeciera. Él respiró profundamente esperando; aguardando el momento. Destellos iluminaron aquel arcano anfiteatro y las lanzas de fuego llenaron de luz a su adversario.

Él observaba aquel olvidado recinto y no podía dejar de ver al ser que alguna vez había llamado hermano: gris y no oro, una cruel parodia de sí mismo, grotesco y sumamente triste, pero el sentimiento que aún persistía en su corazón hacia él ya no importa. Mientras quedaba ahogado por la vorágine de recuerdos, su adversario le lanzaba una mirada cargada de furia y consternación.

Oro y no gris, patético, vulnerable y deprimente; el otro lo mira con dolor, con pesar. El diluvio sigue cayendo con fuerza y hace que su rostro se moje, las gotas repiquetean con inusitada fuerza en su cota y las tronadas vuelven a caer iluminando una vez más el lugar de la última danza, el último lance. El último hálito.

La caída de agua no para, lanzas de fuego y más truenos caen como si el cielo mismo se peleará por ver este último duelo, esta última representación, este último reto entre valientes.

Y el último rayo cae con fuerza bestial...

E inicia el último duelo.

Un golpe, otro estoque y otro impacto caen sobre la dorada coraza, la lluvia los envuelve a ambos en una mística neblina; él le devuelve los golpes con furia, se tambalea; está abierto y se lanza al ataque pero la cota gris responde, lo golpea y lo hace retroceder.

Grita, echa fuera toda duda; el de dorada armadura se levanta y lo golpea con tal fuerza que lo hace caer al suelo una vez más.

La lluvia cae como un sudario fúnebre...

Ocho latidos han pasado...

Los incandescentes rayos caen con más fuerza cada vez más cerca y el de la aurea armadura balancea la espada mientras avanza con juramentos de lealtad en los labios; el de placas grises le responde con un rugido y carga en su dirección; un golpe, otro lance, un barrido, una finta, esquiva y lo golpea con el pomo de la espada, salta la sangre.

La granítica armadura se tambalea y está a trasbilla pero se levanta pero grita un desafío, el de armadura dorada responde...

Cae otra tronada...

Han pasado treinta y dos latidos...

Como si la naturaleza misma presintiera que algo va a pasar la tormenta aminora, ahora los dos contendientes están de pie, llenos de heridas, llenos de orgullo, llenos de pesar y el de la armadura dorada pregunta:

-¿Porque hermano, porque lo hiciste?-

El de nebulosa coraza no responde, solo murmura, toma aire y coloca su espada en ristre, preparado para la última carga; un rayo cae entre ellos.

Cargan...

Las espadas se besan en las últimas estocadas, el metal retiñe quejándose; los hierros brillan con fuerza, la armadura gris cede, se abre una brecha y entra el hierro.

Gruñe, se enfurece y abre un tajo de lado a lado en la armadura dorada; los rayos caen alrededor de los contendientes. La lluvia vuelve a caer con furia dejandoles rodeados por la lluvia la cual forma una misteriosa neblina, los metales se besan una vez más; el mundo aguanta la respiración para observar el último duelo, el último reto, de la armadura dorada sale sangre, el dorado se tambalea pero no cae.

La armadura gris ha sido hendida y se arrodilla pero se niega a rendirse; se levanta una vez más dispuesto a vencer, la armadura dorada cruje, ha sido atravesada.

Sus corazones laten deprisa...

Los rayos caen con furia...

Han pasado sesenta latidos...

El de armadura gris responde al fin:

-¿Y porque no lo hiciste tú?-

El de armadura dorada queda pasmado y esto le vale otro tajo en la pierna; se tambalea y cae, la armadura gris lanza una estocada matadora pero falla, el de armadura dorada lo patea y lo hace caer.

Se levantan.

Una vez más el metal choca y vuelve a chocar; sus armaduras están rotas, resquebrajadas y abiertas, los contendientes no están mejor pero aún así se lanzan a la contienda una vez más. La danza de los aceros hace las delicias una vez más, la lluvia los envuelve y los rayos caen con furia alrededor de ellos más no tocan a los contendientes, como si temiesen alterar el resultado del heroico duelo, los rayos y la lluvia son su telón de fondo y su público a la vez en un mundo carente de vida.

La lluvia se arremolina en torno a ellos.

Han pasado noventa y cinco latidos.

Sus capas ondean al viento y realizan una última coreografía, las espadas danzan con gracia, con elegancia, con celeridad.

El de armadura dorada es atravesado.

Entre golpe y golpe sus defensas ya no importan, solo importa la victoria a toda costa, respiran una vez más se colocan en posición de ataque y se enzarzan en una vorágine de espadas, lluvia y rayos.

Un mundo entero como mudo testigo de este duelo de titanes, finalmente el de armadura dorada atraviesa a su rival de lado a lado, atraviesa su pecho; el de armadura gris escupe sangre y levanta la vista.

Están llorando.

-¿Hermano, porque lo hiciste?-

Repite el de armadura dorada, y el de armadura gris responde:

-Por miedo hermano, por temor.-

El último rayo cae dando fin al duelo, dando fin a sus vidas.


La lluvia cesa guardando silencio ante la caída de tan magnos contendientes...