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Bienvenidos a este puesto mercante de La Hansa, deleite su vista con nuestras muchas mercancías y recuerde: No sucumban al pánico y dejense atracar por nuestros artículos.


Oro, oro veían mis ojos, el cielo de un hermoso color turquesa; el resplandor de un mundo lleno de vida, las calles vibraban cargadas de vitalidad, las voces, las risas y el viento hacían que la vida corriese cual sangre en el cuerpo. Los hombres, mujeres y niños cuya piel brillaba de color bronce y sus ojos dorados resplandecían cuales gemas. Un hermoso sonido, el más hermoso que el oído humano hubiese escuchado jamás retumbo por toda la urbe, el regocijo, la felicidad y la vida me envolvían en su suave manto...

Ällmachtig había llegado a la Ciudad, el mundo entero se postraba, no para adorarle como Dios, si no para abrazarle como padre, mis lágrimas corrían cual caudal al ver tanta gloria...

El Padre de la Creación se manifestaba en todo su esplendor, mi escasa comprensión apenas podía abarcarlo, mi mente se nubló y cayó presa de un profundo terror reverente, mis rodillas me fallaron, mi corazón bombeó erratimicamente y mi cerviz se inclinó.

Ríos de plata atravesaban la Ciudad y su reflejo cual cristal creaba un mundo paralelo, el suave cantar de sus Hijos creaba una atmósfera impresionante, simplemente perfecta.

Mi corazón se estremeció de pensar en estar cerca de Él, su presencia cual manto me envolvía, me reconfortaba a la par que me atemorizaba.

El cántico subía y bajaba de intensidad, pero jamás de ritmo y repetían una y otra vez:

Abba, keydz joend iusn goier oxben ir sjen, talser irokns oyy'em idken outet ikoron.

Erks irne ouetk josbe'k ons gorrna raeya t'zene kserya ikad owejd.

Jevk huym fehj kyif bkes bkot kouo gxie xet hoek.

Una y otra vez el canto subía y bajaba, hombres, mujeres y niños la repetían al unísono y su estruendo ahogaba el sonido del mismo cielo.